Friday, 21 June 2013

Cuesta arriba y cuesta abajo en bicicleta (II)


Como decía, cuesta abajo es otro cantar.

El velocípedo se me hace de repente mucho más grande, lo que significa que tardo una eternidad en pasar la pierna por encima y parezco, sinceramente, una ancianita con ciática. Para más inri, la fuerza de la gravedad me empuja sin remisión hacia delante así que acabo corriendo a pasitos cortos por culpa de los pedales con la bici entre las piernas hasta que recuerdo que hay una cosa llamada freno.

Añadamos al coctel de calamidades el tener que sentarme primero si quiero lidiar con los pedales después y, como ya he dicho, si la bici es milagrosamente más grande allí que tanteo una y otra vez la forma de sentarme a modo de gallina ponedora acomodándose para plantar un huevo.

Con los nervios que me entran al pensar que hasta se me ha olvidado cómo sentarme, se me bloquean los pies que siguen taladrados al asfalto, después de la carrerita. Vamos que ni palante, ni patrás.

Cuando consigo recuperar la cordura, dejo el trasero quieto y le doy a los pedales, la rueda de delante se me revela y en vez de ir recto empieza a bailar hacia los dados y es cuando o me la pego, o me la pego.

Menos mal que, sabiendo de estas intrínsecas dificultades, el que me soporta está ahí para sujetar la bici como si le enseñara a una niña de dos años.

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