Monday, 29 July 2013

Nombres de bicicleta. Bicicleta


Rocinante era un caballo, Tizona una espada además de una gigantesca tuneladora así que no puede ser tan difícil encontrar un buen nombre para mi bicicleta. Como sigo si saber cómo llamarla he ido preguntando a mis allegados y demás cabezas pensantes de por aquí y por allí a ver si se les ocurre algún nombre que case con la bicicleta más chula del mundo mundial.

Alucinen con las salidas del personal:

- Pues cómo vas a llamar a tu bici. Es de cajón: ¡bicicleta!

Y qué creen que contesté ante semejante estruje de meninges:

- Muchas gracias por la ayuda. Me has salvado la vida.

En lo que se refiere a velocípedos, el nombre es algo que todavía está por estudiarse en profundidad. Es una ciencia en pañales pero aquí estoy yo para añadir algo de literatura al respecto.

No es nada común ponerles un nombre a las bicicletas si bien les llaman de todo cuando no hacen lo que se espera de ellas o simplemente se escacharran por culpa de algún error humano. Curioso.

En fin. Seguiré buscando.

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Nota: admito sugerencias, de verdad. Tras un tiempo razonable intentaré escoger entre los nombres disponibles si es que no se me viene la ocurrencia del milenio y yo solita le pongo nombre a mi bicicleta por el camino.

Friday, 26 July 2013

Logros del ciclista novato. Usar el timbre a tiempo


Quieras que no, y a base de practicar, las cosas mejoran. Menos mal.

A estas alturas ya conocen lo de mis problemillas coordinativos corporales pero no son impedimento para que quiera curarme así que yo insisto e insisto hasta que soy capaz de hacer dos cosas al manillar porque una, la de pedalear, ya va dándoseme mejor.

Una de esas combinaciones imposibles hasta ahora era la de ir hacia delante y tocar el timbre, aunque modestamente creo que es un problema con el que todo el mundo se topa tarde o temprano.

Que sepan que si bien tengo un timbre estupendo estaba ahí más que nada de decoración porque uso, lo que se dice uso, no le daba. Cuando había que dar una curva cerrada o nos metíamos en algún callejón estrecho pues yo indicaba mi posición a gritos. Sé que no es de señoritas ir por ahí a grito pelado pero intentar maniobrar en una curva muy estrecha ya era complicado en extremo como para andarme con superficialidades.

El problema era que asustaba a mis acompañantes porque más que avisar pegaba un chillido de ayuda (capten la sutileza de mi estado psíquico en momentos así) y claro, todos paraban en bloque para preguntar por mi estado de salud y... Bueno, no creo que haga falta que explique lo del atasco consiguiente.

En fin, que para que nadie me volviera a regañar por aquello practiqué una y mil veces darle al timbre mientras pedaleaba. Una vuelta de pedal, ¡cling!, otra vuelta de pedal, ¡cling! o más o menos. Y tras semanas de prácticas y de molestar a los vecinos con tanto ruidito ¡voila! he conseguido darle al timbre de forma automática en una “ese” cerrada que me traía por el camino de la amargura.

Para celebrar un momento tan señalado he comprado un helado con tres bolas. De lo que no estoy segura es de que sea capaz de repetirlo. Lo del helado sí; me refiero a lo de la bici.

Wednesday, 24 July 2013

El ciclista, ¿nace o se hace?


Buena pregunta, sí señor. Corta a la par que interesante.

Va a ser que el ciclista nace porque si nos atenemos al tiempo, esfuerzo y sufrimiento ilimitados que me está costando ser fluida en esto. Porque vamos a ver, tampoco es que esa tan difícil ¿no? Pues, por lo visto, lo es.

Que si la bici, que si las piernas, que si la concentración, que si los otros ciclistas, que si el espacio disponible, que si las normas de tráfico, que si esto, que si aquello...

Va a ser como en aquella película en el que el prota dice a la prota que la ópera hay que amarla desde el principio. Que si no se queda uno encandilado desde el primer segundo pues que no es lo mismo. A lo sumo se termina por apreciar, nada más.

Lo mismo hay que sentir algo místico en el momento que te sientas en la bici por primera vez. Si no sientes el misticismo pues eso, que a lo más terminas por apreciar con ir de A a B sin romperte la crisma.

Porque hay muchos por ahí que van de que saben montar la mar de bien pero a lo más sobreviven cuando les pides que se den un voltio contigo. Que yo los he visto.

De todas formas ahí les dejo esta pequeña duda existencial: el ciclista, ¿nace o se hace?

Espero su sincera opinión al respecto.

Tuesday, 23 July 2013

Bicicleta voladora


Aquí les traigo lo último de lo último en bicicletas ultramodernas. Una bicicleta que vuela. Como lo ven.

Y yo, para arruinarles el momento, pregunto: ¿para qué te sientas sobre una bicicleta si lo que quieres es volar?



Monday, 22 July 2013

Enemigos del ciclista novato. Los coches


Éste es, sin lugar a dudas, el más intimidante de los enemigos del ciclistas novato. Es como el monstruo de las galletas pero en serio. Si te despistas, te come.

Creo que el miedo a los coches no se irá jamás. Y sé que no hay intención de llevárseme por delante pero ¡es que son muy grandes! y hacen mucho ruido y corren mucho y mueven mucho el aire y dejan tras de sí un humo infernal y, y, y... no se me ocurre nada más.

Debe ser un tara congénita porque creo que sólo de pensar que a lo mejor un coche puede que vaya a un kilómetro por hora detrás de mí se me ponen los pelos como escarpias, me entran los sudores fríos, se me nubla la vista y comienzo a ver puntitos blancos. Y si encima llevan prisa...

Además parece que los coches los hacen cada vez más anchos así que este miedo irracional crece de forma exponencial por cada centímetro de más que ocupan en la calzada.

Tal es la psicosis que cuando voy en coche y tenemos a un ciclista delante obligo al conductor a reducir hasta casi parar no sea que vayamos a asustar al pobre incauto que se aventura a pedalear en carretera.

Doctor ¿cree usted que hay solución para lo mío? Mire que otra cosa no, pero coches los hay a patadas.

Friday, 19 July 2013

Paranoias de una ciclista de medio pelo


Por aquí dicen que exagero pero no es cierto. ¿Yo, exagerar? Jamás de los jamases. En este blog sólo cuento hechos constatados que cualquiera en mis circunstancias comprendería inmediatamente.

Lo que pasa es que por estos alrededores estoy en minoría porque sólo yo y mi amiga C vivimos en este sinvivir del novatismo ciclista que cuesta muchísimo explicar a los que llevan en esto más de doscientos años. Bueno, doscientos no ¡pero sí más de quince!

A lo que voy. Acabo de descubrir un hecho fehaciente que me tiene perpleja.

¿Se han dado cuenta de la paranoia que provocan los barrotes de los puentes? Más aún si están pintados de vivos colores -como es el caso en un 99% de las ocasiones.

Para ambientar un poco la situación. Día soleado (extraño pero cierto) del mes de julio. Allá va nuestra heroína dispuesta a comerse el mundo pedaleando alegremente siguiendo estrictas instrucciones acumuladas en su cerebro tras semanas de estudio intensivo para no pegársela y hacerlo todo muy bien.

Llega el momento de pasar por un puente que ¡oh alegría de las alegrías! tiene acondicionados nada más y nada menos que dos carriles para bicicletas -uno a cada lado. Para no caer al río, obviamente, se ha instalado una barandilla metálica bastante alta pintada toda de azul. ¿Bonito, verdad? Pues ahí se adentra con pedaleo firme nuestra novata y mientras pedalea se fija en lo bonito de los barrotes, todos tan bien pintados, que pasan delante de su ojos con asombrosa monotonía.

La cara de nuestra heroína muestra una sonrisa de agrado mientras, sin pensarlo y por un injusto mecanismo mental, se acerca milímetro a milímetro hacia la famosa barandilla con cada pedalada hasta que, si no es por el grito que le llega de detrás, casi se estrella contra los bonitos barrotes liándola parda y sin saber por qué.

¿Entienden ahora a lo que me refiero con lo de paranoia o es que sólo me pasa a mí? Los barrotes molan y son muy seguros, pero es que creo que me provocan un estado de semisugestión en el que quedo atrapada atrayéndome irremediablemente hacia ellos. Y peor aún; cuanto más largo es el puente más aumentan las posibilidades de colisión.

Se acabaron los puentes por el momento, a no ser que instale en las gafas de sol una lengüeta a cada lado como la que llevan los caballos para no asustarse.

Tuesday, 16 July 2013

Amantes de la velocidad al manillar


Haberlos, haylos, que yo los he visto.

Ahora bien. ¿Desde cuándo los kicks de adrenalina le han hecho bien a nadie? Si se puede saber. Piensen por un momento en los que se lanzan de los puentes con una cuerda atada a los tobillos o los que se tiran desde lo alto de un barranco con trajes con pseudoaletas para volar un ratejo o los que pedalean en bicicletas, que a mi modo de ver, les quedan pequeñas, en circuitos de hormigón con agujeros enormes para tomar carrerilla y hacer figuritas en en aire. Se me ponen los pelos como escarpias sólo de pensarlo.

Como imaginarán yo y la velocidad, o si lo prefieren, la velocidad y yo no nos llevamos especialmente bien.

Sentir el viento en la cara como si te estuvieran haciendo un lifting; no poder evitar que el estómago suba hasta la garganta y vuelva a bajar a cada segundo; ver como el tembleque de las piernas afecta a la movilidad en general y al equilibrio de la bici en particular; no oír absolutamente nada porque el aire se te cuela por los oídos produciendo una especie de zumbido del que no hay manera de desprenderse después, ¡ah! y que corres el peligro de pegártela, más aún si tienes la mala suerte de ir por superficies resbaladizas. ¿Debo añadir más?

Puede que todas estas cosas resulten excitantes para la gente normal, no lo dudo, pero yo no soy normal. Yo me cago de miedo simplemente si los próximos cien metros, que digo, los próximos diez metros son cuesta abajo. Y no hablemos del terror que se apodera de mí si soy capaz de distinguir la señal de tráfico que avisa de que hay desnivel, y da igual el porcentaje.

No me lo digan. Los frenos. Yaaaaa lo sé: hay que tener la mano sobre el freno. Pues con todo y eso. Me cago de miedo.

Sunday, 14 July 2013

Escapadas veraniegas


Va a ser que no mola que haga buen tiempo. Que conste que cuando hace buen tiempo se me saltan las lágrimas de la alegría que me entra al ver por fin el sol. No me malinterpreten, pero el que todo hijo de vecino salga con la bici el mismo día a la misma hora y por la misma ruta estresa mucho.

Es como ir a Alicante el 1 de agosto. Todos los coches en fila india en busca del dorado sol mediterráneo y esas playas con arena finísima importada nada menos que del desierto. Y los siempre positivos conductores sacando las viandas y las botellas de agua de plástico congeladas previamente para no sufrir una bajada de azúcar, una inanición, una subida repentina de la presión arterial o una deshidratación galopante.

Según suben las temperaturas y no llueve, todas las familias con todos sus miembros incluidos tatarabuelos, agarran la bicicleta negra o gris que les pertenece y salen a invadir el carril bici siguiendo la ruta que hicieron el año anterior por estas fechas y el año anterior a ése y el anterior...

Comienzan entonces los gritos, los adelantamientos, las pegadas a la rueda, los malos modos y los timbres aliñados con una y mil melodías politono. Y, para los que este tipo de cosas son sinónimo de fiesta en un día libre para mí es sinónimo de estrés. Puro y duro estrés.

Menos mal que esos días caen siempre en sábado o domingo de principios de verano (porque aquí el verano parece que nunca acaba de llegar), tiene que hacer una temperatura entre los 19ºC y los 22ºC, debe hacer sol pero con alguna que otra nube y mejor aún si es la fiesta de algún pueblo, ciudad o región agrícola para estar seguros de que hay chiringuitos abiertos por el camino. Siguiendo estas indicaciones es fácil saber cuándo van a estar todos los caminos atestados de ciclistas por lo que es mejor tener planes alternativos.

¿Qué hacer entonces en esos días? Una barbacoa, y deje sus salidas para cuando a los demás les dé pereza.

Saturday, 13 July 2013

Public enemy number one


Ésa es la moi. La misma que viste y calza. Ésa que todos quieren evitar pero que no se atreven todo sea que les atropelle sin querer o les pase tan cerca que pierda el control y se caiga además de hacerles caer como fichas de dominó.

La moi presiente que la sonríen todos pero la evitan como la peste. Porque cuando la moi va en compañía, nota como los de delante van mucho más rápido que ella como si hubiesen tomado complejos vitamínicos esa misma mañana y los de atrás insisten en quedarse rezagados con excusas peregrinas como el reuma, la resaca de la tea party del día anterior o un repentino dolor de juanetes.

Yo también haría la mismo.

Menos mal que la moi es la que lleva el fondo; porque la moi es peligrosa sobre un sillín pero muy honrada y todo el mundo le deja los dineros para que los guarde seguros en uno de los millones de bolsillos escondidos del pantalón. Así que, tarde o temprano hay que esperarla si se acercan a la “zona de refrigerio” o hay que apretar el ritmo porque se acerca la hora de la salchicha con mostaza.

Ja!

Thursday, 11 July 2013

Logros del ciclista novato. Ponerse de pie sobre los pedales


No sé si debería llamarlo logro. ¡Qué leche! Ponerse de pie sobre los pedales es un superlogro. Y mola mucho además.

Es como teletransportarse a la infancia. Así, yendo en bici sin pedalear de pie sobre los pedales es lo que todo niño sueña cuando mira con envidia como los más grandes tienen ya bicicleta y ellos no.

Yo conseguí ponerme de pie por arte de magia, como quien dice, o más bien porque no quería tener dolores en la parte baja de atrás (ya me comprenden). Quizá la calle empedrada me convenció inconscientemente de asumir el riesgo y levantar el trasero no fuera que se me dislocara la columna vertebral con tanta vibración.

Por la razón que sea conseguí mantenerme en pie al menos tres metros y no vean la cara de satisfacción que tuve el resto del día. Por mucho que mi sobrino, que todavía no va al colegio, se empeñara en amargarme el día diciendo: “pues yo lo hago desde hace mucho”.

Monday, 8 July 2013

Compañero de viaje, por ser fina


Bien, era sólo cuestión de tiempo. Ya es hora de hablar de lo realmente importante; de lo que realmente se siente al pedalear; de las verdaderas razones para bajarse de la bici y recuperar fuerzas para la siguiente escapada...

Hablo de ese entrañable compañero de viaje que aparece a la media hora, aproximadamente, de empezar a pedalear y ya no te deja escapar. Se hacen una idea ¿verdad? Hablo nada más y nada menos del conocidísimo, inmenso y recalcitrante dolor en el trasero. Creo que saben dónde, exactamente.

Porque si hay algo intrínseco al acto ciclístico, es el cúmulo de pinchazos en las partes nobles traseras y las obligatorias agujetas que no te dejan ni a sol ni a sombra y te hacen andar como si estuvieses sufriendo en silencio las peores hemorroides que el mundo civilizado recuerde.

No te puedes sentar, ni levantarte, ni cambiar de postura sin repetirte a cada segundo que jamás volverás a sentarte sobre una bicicleta y haces jurar a tus allegados que te obligarán a bajarte si, tras los cuatro obligados días de sufrimiento infinito, decides que tienes ganas de volverte a subir.

Pero picas y cuando el dolor es historia dices que ya no puede ser tan doloroso y, por supuesto, vuelves a equivocarte. Porque el dolor regresa irremediablemente y al preguntar van y te dicen que es normal y que a todo el mundo le pasa.

Y yo me pregunto ¿por qué la gente sonríe cuando va en bicicleta?

Sunday, 7 July 2013

Bicycle repairman


Para qué andarme por las ramas: los Monty Python son lo más de lo más.

Tengo que reconocer que años atrás pensaba que era un humor carente de humor. Vamos, que no me hacían ninguna gracia, es más, me sacaban de quicio con esos sinsentidos.

Todo cambió cuando empecé a verlos y entenderlos en el idioma original. En cuanto conoces un poco la idiosincrasia de lo británico te das cuenta de la genialidad de estos artistas locos. Y son muy pero que muy graciosos. Palabrita de honor.

He encontrado en la red este sketch que además va de bicicletas, como no. Que lo disfruten.





Como digo. Lo más.

Friday, 5 July 2013

Enemigos del ciclista novato. Picarse


Este es un enemigo que aparece tras haber conseguido ciertos logros al manillar. Una cree que ya es capaz de ir solita y se pica con el primero que se le pone por delante.

Lo más humillante del asunto es que no hablo de adultos -ésos te apoyan todo lo que la paciencia les permite-; los que se pican contigo son los renacuajos de menos de seis años que llevan en esto más tiempo y saben que vas a caer en la trampa. Con que te digan un “y yo más” o te regalen una sonrisa burlona vas tú y te crees que puedes competir. Al fin y al cabo, piensas en un ataque de estúpida ingenuidad, no levantan ni dos palmos del suelo.

¡Atención, ciclista novato! No se deje embaucar. Porque los niños se las saben todas y como son más pequeños, y por lo tanto pedalean más cerca del suelo, ven antes los baches que usted. Además son más aerodinámicos, no sufren estrés y sus madres les atiborran a nocilla así que le dan a los pedales con más ahínco.

Es una batalla perdida de antemano y si se deja llevar y pierde se lo van a restregar el resto de su vida.

Avisado queda.

Thursday, 4 July 2013

El mejor tándem


Si es que no se puede ser buena que ya se sabe que das la mano y te comen el brazo. Como a todo dices que sí pues piensan que te la van a colar y te piden cosas realmente chocantes. ¡Como si hubiese nacido ayer!

¿O qué pensarían ustedes si sus mejores amigos les incitaran a tirarse de un puente? ¿Seguirían a alguien que les dijese que no pasa nada si cruzan la calle sin mirar? A que no.

Hay ocasiones en la vida en las que hay que decir “hasta aquí hemos llegado”. Con toda la candidez posible pero firmemente hay que plantarse y poner los puntos sobre las íes. Pero yo no valgo. Yo soy de las que ceden por no ponerse a discutir en medio de la calle y así me va. Menos mal que para estas pequeñas pero grandes ocasiones tengo a mi superamiga C. Ella es capaz de no ceder un ápice y llevarse el gato al agua sin despeinarse. Con C no se juega y menos aún si siente su integridad física peligrar.

¿Pues no querían, los muy malvados, que fuéramos por la carretera, repito, ¡por la carretera!, durante un trayecto de aproximadamente 300 metros? ¿Estamos locos o qué?

- Nosotras no vamos por carretera ni locas ¿está claro o lo tenemos que deletrear?
- Pero...
- Ni pero, ni nada.
- Pero...
- ¡Qué no! Los 300 metros de nada que decís los podemos andar perfectamente empujando la bicicleta.

Y dicho y hecho. Empujamos, vaya si empujamos. Por la cuneta llena de zarzas y todos los conductores frenando para mirar mientras nuestros “supuestos” amigos pedaleaban a paso tortuga y en paralelo con cara de culpabilidad.

¡Hasta ahí podíamos llegar!

Wednesday, 3 July 2013

El pelo y mis circunstancias al manillar


A ver como lo digo sin que suene... no sé... muy superficial. Señores y señoras, niños y niñas, ¡qué hacemos con el pelo!

A la ya innumerable lista de tareas por recordar hay que añadir, mis queridos ciclistas de pro, recogerse el pelo de forma que no moleste al pedalear. Parece algo muy lógico, lo sé, pero con la excitación del momento a lo mejor pasa que se nos olvida y llevamos los mechones al libre albedrío y pasa lo que pasa. Más aún si el día amanece ventoso.

En el momento más inapropiado, zas, el pelo que se te pega a los ojos y no deja ver por dónde vas y, lógicamente, te hace perder la concentración. A éso añadamos que yo todavía no sé cómo despegar las manos del manillar, es decir, que la bici y yo somos un solo ser con los componentes integrados de forma que una vez entramos en contacto sólo nos separa la cirugía. Porque, en estos difíciles comienzos, la concentración lo es todo; si la pierde, está perdido.

Háganse una idea entonces de la peligrosísima situación en la que podemos caer si no recordamos llevar una goma de pelo o similar: ciclista novata en medio de un ataque de nervios que no sabe hacia dónde ir porque no ve ni torta.

Moraleja: recójase el pelo. Los otros ciclistas se lo agradecerán.

Monday, 1 July 2013

Cuestión de equilibrio


Hay comentarios que duelen. Y duelen no porque sean hirientes sino porque ¿y si resulta que son ciertos?

Con toda su buena intención y algo de sorna, todo sea dicho, una de mis amigas que sabe montar en bici (de las que yo digo que están al otro lado de la realidad) se preguntaba en alto si mi inusual carencia de equilibrio tendría alguna razón de ser más prosaica que el simple pánico a todo lo que se mueve a más de cien metros por hora.

¿Y si tenía cera en los oídos?

El rubor después de darle a los pedales desapareció inmediatamente y quedé ahí parada con cara cérea intentando asimilar las consecuencias del insólito comentario.

¿Y si era verdad?

No le di tiempo ni a explicarse. Creo que no he ido más rápido en bici desde que empecé. ¡Hasta adelanté a un niño con una mini-bici sin pedales! No paré hasta llegar a casa y me lancé como alma que lleva el diablo hacia el cuarto de baño. Abrí todos los cajones de debajo del lavabo en menos de dos segundos hasta encontrar lo que quería: la caja de bastoncillos para los oídos.

Inserté hasta las meninges con movimientos precisos los palitos con algodón y muy lentamente miré qué tenían pegado.

Casi me hago pipí allí mismo. ¡Limpios!

¡Uf! Va a ser que sí que tengo una inusual carencia de equilibrio. ¡Qué alegría!