Monday, 8 July 2013

Compañero de viaje, por ser fina


Bien, era sólo cuestión de tiempo. Ya es hora de hablar de lo realmente importante; de lo que realmente se siente al pedalear; de las verdaderas razones para bajarse de la bici y recuperar fuerzas para la siguiente escapada...

Hablo de ese entrañable compañero de viaje que aparece a la media hora, aproximadamente, de empezar a pedalear y ya no te deja escapar. Se hacen una idea ¿verdad? Hablo nada más y nada menos del conocidísimo, inmenso y recalcitrante dolor en el trasero. Creo que saben dónde, exactamente.

Porque si hay algo intrínseco al acto ciclístico, es el cúmulo de pinchazos en las partes nobles traseras y las obligatorias agujetas que no te dejan ni a sol ni a sombra y te hacen andar como si estuvieses sufriendo en silencio las peores hemorroides que el mundo civilizado recuerde.

No te puedes sentar, ni levantarte, ni cambiar de postura sin repetirte a cada segundo que jamás volverás a sentarte sobre una bicicleta y haces jurar a tus allegados que te obligarán a bajarte si, tras los cuatro obligados días de sufrimiento infinito, decides que tienes ganas de volverte a subir.

Pero picas y cuando el dolor es historia dices que ya no puede ser tan doloroso y, por supuesto, vuelves a equivocarte. Porque el dolor regresa irremediablemente y al preguntar van y te dicen que es normal y que a todo el mundo le pasa.

Y yo me pregunto ¿por qué la gente sonríe cuando va en bicicleta?