Friday, 19 July 2013

Paranoias de una ciclista de medio pelo


Por aquí dicen que exagero pero no es cierto. ¿Yo, exagerar? Jamás de los jamases. En este blog sólo cuento hechos constatados que cualquiera en mis circunstancias comprendería inmediatamente.

Lo que pasa es que por estos alrededores estoy en minoría porque sólo yo y mi amiga C vivimos en este sinvivir del novatismo ciclista que cuesta muchísimo explicar a los que llevan en esto más de doscientos años. Bueno, doscientos no ¡pero sí más de quince!

A lo que voy. Acabo de descubrir un hecho fehaciente que me tiene perpleja.

¿Se han dado cuenta de la paranoia que provocan los barrotes de los puentes? Más aún si están pintados de vivos colores -como es el caso en un 99% de las ocasiones.

Para ambientar un poco la situación. Día soleado (extraño pero cierto) del mes de julio. Allá va nuestra heroína dispuesta a comerse el mundo pedaleando alegremente siguiendo estrictas instrucciones acumuladas en su cerebro tras semanas de estudio intensivo para no pegársela y hacerlo todo muy bien.

Llega el momento de pasar por un puente que ¡oh alegría de las alegrías! tiene acondicionados nada más y nada menos que dos carriles para bicicletas -uno a cada lado. Para no caer al río, obviamente, se ha instalado una barandilla metálica bastante alta pintada toda de azul. ¿Bonito, verdad? Pues ahí se adentra con pedaleo firme nuestra novata y mientras pedalea se fija en lo bonito de los barrotes, todos tan bien pintados, que pasan delante de su ojos con asombrosa monotonía.

La cara de nuestra heroína muestra una sonrisa de agrado mientras, sin pensarlo y por un injusto mecanismo mental, se acerca milímetro a milímetro hacia la famosa barandilla con cada pedalada hasta que, si no es por el grito que le llega de detrás, casi se estrella contra los bonitos barrotes liándola parda y sin saber por qué.

¿Entienden ahora a lo que me refiero con lo de paranoia o es que sólo me pasa a mí? Los barrotes molan y son muy seguros, pero es que creo que me provocan un estado de semisugestión en el que quedo atrapada atrayéndome irremediablemente hacia ellos. Y peor aún; cuanto más largo es el puente más aumentan las posibilidades de colisión.

Se acabaron los puentes por el momento, a no ser que instale en las gafas de sol una lengüeta a cada lado como la que llevan los caballos para no asustarse.