Saturday, 9 September 2017

Historia de una bicicleta (II). Ruedas nuevas para la Diamant

En capítulos anteriores… Historia de una bicicleta I

Íbamos tralará-trilirí por en medio de esos campos nada preparados para nuestras biciadictas almas.

El que me soporta pedaleaba encantado de la vida disfrutando del paisaje y yo hacía esfuerzos por guiar con la mente a mi Cabritilla porque las piernas decían que aquello no podía estar pasando, con dolor de flato y sudándolo todo a modo de sauna. Con todo y eso, sonriente como siempre. (Algún día hablaré de esta extraña dicotomía que sufro cada vez que monto en bicicleta).

Pues eso. Los dos contentos en unos de esos tours en los que perfecciono mis parcas habilidades y además exploro centímetro a centímetro el entorno. Hasta que algo hizo pufffffffffff, así, como si la cafetera perdiese vapor.

Me percaté entonces de lo baja que tenía la rueda mi acompañante e hice el comentario del millón:
—Creo que has pinchado.

El pobre mío se bajó de la bici, miró con atención aquella llanta desinflada y comenzó a soltar cosas muy feas por la boca.

No le di más importancia al cabreo hasta que comentó algo de 10 km de vuelta y yo entonces, sentí que todo daba vueltas y que necesitaba un plátano o moriría desfallecida ahí mismo. Porque si la rueda pincha, pincha en el lugar más alejado de tu casa, para que la experiencia sea más apoteósica.

Así que nos tocó empujar de vuelta.

Para cuando llegamos al hogar, comimos unos plátanos y por fin puse los pies en alto, achaqué aquel desastre a la gravilla con cantos cortantes que utilizan para pavimentar las vías ciclistas a lo que el que me soporta replicó con un:
—Puede que sea porque las llantas tienen más de veinte años.

Vale, eso también podía ser.

Y entonces comenzó la operación «rueda majeta y barata». ¿Quién podría haber imaginado que la cosa fuese a ser tan complicada?

Porque la segunda bici más bonita del mundo mundial tenía unas Schwalbe Marathon 28’’ que por aquí cuestan como mínimo 30€ cada una. Gran problema ante el que nos encontrábamos. Hasta que Kenda apareció en nuestras vidas en forma de 20€ el par con todo incluido (llantas y neumáticos).

Así que nada, allá que fuimos.

Varios días después nos llegaban las llantas pidiendo a gritos que las instalasen.




Costó, no crean. Veinte años de costra es mucha costra que rascar. Además hubo que quitar los guardabarros nuevos porque la cubierta es demasiado ancha.

Otra cosa que yo no sabía: intentar poner en una bici de los años sesenta componentes cincuenta años más nuevos es como enfrentarse a la cuadratura del círculo.

Pero ahí la tienen. Tan guapa como el primer día.





Detalle IMPORTANTE:
Resulta que hay una dirección a la que hay que poner la llanta de forma que el dibujo esté en la posición correcta para conseguir el mejor agarre y velocidad y seguridad y todas esas cosas. Pues bien, esto vale para la cubierta delantera. Para ser un biciadicto de pro, la cubierta trasera tiene que ir al revés.




Qué cosas.

2 comments:

  1. Yo me he hecho con una bici plegable para ir al trabajo... Si la averio, ya te pediré consejo 😅

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    1. ¡Eso es genial!
      Tu pregunta todo lo que quieras que yo voy a Córdoba si hace falta a arreglarla (me llevo al que me soporta porque es él el que entiende).
      Un abrazo.

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